Reseñas de la novela Acá abajo vive gente
Por Luz Nereida Pérez
EN ROJO /Periodico Claridad
Publicado: miércoles, 2 de septiembre de 2009
http://www.claridadpuertorico.com/content.html?news=7B4A9050304856266FB4F5DD40099F0F
El Manduyo Tumanyuré volvió a matar antes del minuto y su nombre, ya correctamente dicho hasta por los más legos, se insertó en las oraciones que se dijeron en los cafetines, en las tabernas, en la plaza pública, frente a los hípicos, los zapateros, los artesanos, los barberos...
Ganar el primer premio de novela del PEN Club de Puerto Rico (2004) con la primera publicación que se escribe no es proeza común, tal vez difícilmente igualada. Así fue que debutó en las letras el naguabeño Daniel Martes Pedraza con su obra premiada La historia que el pueblo sabe. Más adelante (2006), fue reconocido por el Ateneo Puertorriqueño por su cuento El soñador literario y actualmente nos brinda una nueva producción: Acá abajo vive gente (Editorial Isla Negra, 2008).
En esta nueva incursión literaria, se repite la maestría del lenguaje con brillo de buen uso, aunado a la riqueza léxica de la versión regional boricua de nuestra lengua materna, aspecto también reconocido en el laudo del PEN Club para su primera novela. A través de una prosa ardua y cuidadosamente trabajada, se amalgaman ante el lector o lectora el realismo mágico -un tío que se convierte en cerdo al salir a mudar a una res en pleno temporal, una gaviota y un manatí que son reencarnaciones de una abuela, troncos que chocan con el eje de la tierra-, el sincretismo religioso y una larga lista de problemas sociales que se sufren por estas ínsulas. Así, por ejemplo, se plasman en la novela la decadencia de la industria de la caña; la crisis hospitalaria que redunda en injusticias para con los menos privilegiados; los religiosos ambiciosos, hipócritas y depravados en competencia descarnada por aumentar sus feligresías; los efectos morales de la presencia del ejército estadounidense en nuestras tierras; el abuso por parte de los poderosos; la corrupción gubernamental; la interferencia entre iglesia y estado; el incesto, la prostitución, el machismo...
Todo ello revelándose ante nuestros ojos a partir de un contexto caribeño en el que irrumpe -como un Robinson Crusoe- desde la primera oración del texto, el protagonista José Simón Falú, flotando en un cajón de bacalao sobre el mar. Junto a él se deslizan, en las primeras páginas, en sucesión vertiginosa “el berenjenal de islas que flotan como tinglares sobre las aguas azulísimas del Caribe” por las que el protagonista pulula hasta dar con las costas boricuas para finalmente encontrarse en el Cangrejos (Santurce) de nuestra capital puertorriqueña, a cuyos residentes de hoy precisamente dedica el autor esta obra: “Para mi barrio, porque se la debía”.
Junto a José Simón Falú, desfila una miríada de personajes del Santurce de La Playita y Villa Palmeras para la década de 1960, entre los que destaca un colorido, sólido y subyugante gallo de pelea, que es casi un coprotagonista de esta novela. El gallo, de nombre Manduyo Tumanyuré, nos enamora y cautiva desde las sonoras evocaciones de ritmos africanos que su nombre suscita hasta la hidalguía, el donaire y la valentía con que enfrenta y liquida a sus adversarios en la arena de la lucha. Habrá quienes prefieran asignar el coprotagonismo al personaje del Lcdo. Radamés Tejeras -“el licenciado y sus malditos gallos”-, una especie de álter ego o ente paralelo del legislador de otrora Rafael Martínez Nadal, abogado y gallero también, a quien Tejeras siempre aspiró a imitar en “afán de hacerse abogado, tener una gallera y un día llegar a ser dueño de un gallo de sobrada clase y prestigio como Justicia”. [Rafael Martínez Nadal firmó la primera ley gallística de Puerto Rico, utilizando para ello una pluma de su propio gallo de pelea de nombre Justicia.] En las escenas afines a los coliseos gallísticos, Martes Pedraza devela otra serie de problemas sociales típicos de ese ambiente como la trampa, la envidia, la lucha de poder, el soborno...
Por otro lado, estará a nuestro lado a lo largo de toda esta trama un personaje -álter ego del autor y cuasi autor omnisciente- de nombre Filo, quien con sus acotaciones entre paréntesis nos revela, explica y amplía detalles porque, como bien indica el autor, este filósofo es la “fuente principal de los hechos que componen este texto”. Filo nos recuerda “los recursos inmensos con los que siempre han contado los corazones de las que paren”, se indigna al preguntarse por qué la Divinidad “no acabó de juntar todas estas islas en una y así evitarnos el calificativo ése de menores que a diario nos endilgan”. Amén de un sinnúmero de expresiones en la obra que, como tirabuzones, penetran fácilmente en nuestras psiquis, pero no salen de manera igual, al lanzarnos a la reflexión y a chocar de frente con realidades que se transmutan en palabras y pensamientos ante nuestros ojos, dando trascendencia a aquellas cosas que solemos dar por sentadas o por triviales. Así ocurre con sentencias como “cualquiera que sepa contar del uno al cien va a darse cuenta de que la muerte es más larga que la vida”, como con la genial e inolvidable expresión en boca de una enfermera que afirma que “el tiempo lo pierde todo el mundo” porque no se ha “visto a nadie que tenga un día guardado en su casa” y la alusión al silencio como el “único lenguaje común en la gente”.
En la contraportada de este libro, Juan Antonio Torres afirma que Acá abajo vive gente es una “épica de nuestra realidad caribeña más amplia” y es “una bien trabada historia de matices sexuales, familiares, religiosos y políticos”. También se indica que es ésta una novela de “ritmo vertiginoso”, de “lenguaje torrencial colmado de imágenes” que nos revela que en el abajo también vive gente: gente que sufre, ama, llora, gente que se supera, gente que también muere y que con su presencia y su hacer cotidiano conforman esa intrahistoria, que es a su vez el pie forzado de la Historia que da sentido a nuestro devenir. Abajo vive gente que también traza los senderos que nos han hecho y nos hacen ser Pueblo y Patria. Abajo vive gente que también engendra y cría personas valiosas para nuestra sociedad. Abajo vive gente con presencia y trascendencia... ésta es definitivamente otra novela con calidad ganadora de Daniel Martes Pedraza.
Santurce y sus personajes de pueblo
Por Sonia L. Cordero
Periodico El Vocero Especial para ESCENARIO
14 de mayo de 2009
http://www.vocero.com/noticia.php?id=21872
El origen de la figura central de este fascinante relato tuvo lsu origen en la isla de Haití. Allí la abuela del niño José Simón Falú lo metió en una caja de bacalao y lo echó al mar en Port-au-Prince para procurarle una mejor vida. Ya su destino estaba sellado. Jamás volvería atrás.
En Puerto Rico, donde lo primero que comprendió fue el valor de guardar silencio aunque los otros hablaran, no sólo aprendió español casi a retazos, mezclándolo con su francés patois, sino que al llegar a la adultez el muchacho ya era más puertorriqueño que el coquí. Aunque el idioma que siempre habló con corrección era el de los gallos.
"ACÁ ABAJO VIVE GENTE" es una historia escrita por Daniel Martes Pedraza con personajes de pueblo, comunes y corrientes dentro de una trama original y poco común, ubicada en los escenarios ya mencionados. Publicada por Isla Negra Editores, consta de 325 páginas, encuadernación en rústica y una portada con foto de Alina Luciano intervenida gráficamente a todo color por Iván Figueroa. Se divide el robusto texto en cuatro partes y 18 capítulos.
En estas páginas llenas de color local y personajes de exótico origen presenciaremos una historia con el trasfondo político de la década del 60 y el mundo de los gallos. Luego de esta lectura jamás se olvida a Hilario, a Aurora Falú, a Regina y Eulalia, a Mano Mon, a Valeriano, a Radamés Tejeras, al infame Padre Antonio, al Padre Préxedes, a Mike, John y Paul y, en especial, a José Simón Falú, quien por un sortilegio extraño termina llamándose José Simmons. Todos convergen en el barrio de Santurce llamado Villa Palmeras, "presto a ser el hábitat del nuevo hombre de esa década", señalan los editores.
POR SU PARTE Juan Antonio Torres, profesor de la Universidad de Puerto Rico, señala que en esta novela Martes Pedraza "logra de manera exitosa el dibujo psicológico de profundos personajes femeninos y complejos caracteres masculinos. Estos, junto a una bien trabada historia de matices sexuales, familiares, religiosos y políticos, hacen de ‘Acá abajo vive gente’ una épica de nuestra realidad caribeña más amplia".
Martes Pedraza nació en Naguabo. Además de abrirse camino en el mundo literario, también ha sido líder obrero y promotor de eventos culturales. En la actualidad toma cursos conducentes al Doctorado en el Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR. Hasta la fecha todos sus esfuerzos en el ámbito literario han sido galardonados: su primera novela, "La historia que el pueblo sabe" fue el primer premio en novela del PEN Club en 2004; y en 2006 ganó el reconocimiento del Ateneo Puertorriqueño con el cuento "El soñador literario", aún inédito.
Otra reseña...
Por: Marioantonio Rosa
El Caribe tiene un nombre de Novela
Si definimos la novela Acá abajo vive gente dentro de su entorno, se puede decir que es de género narrativo y que muestra diversos relatos que pueden ubicarse en el presente, en el pasado o en el futuro. Asimismo presenta temas de aventuras, romances, y aspectos de la vida humana, entre otros. Debido a esta cantidad de temas, la novela se puede clasificar en diferentes tipos: bucólica, satírica, psicológica, policíaca, etc. Acá abajo vive gente encierra entonces un universo a descubrirse, una función teatral desde la realidad de personajes, ambientes, y desenlace. Escribir una novela es un intento del escritor de capturar imágenes con fuerza e imaginación y ofrecernos los mundos que tenemos a nuestro alcance, pero que sólo a través de su mirada habremos de conocer. Daniel Martes Pedraza nos brinda un nombre de novela para El Caribe.
Acá Abajo Vive Gente puede encerrar las épocas, sus aciertos, sus infortunios, la vida y todas sus circunstancias. Imbuida en el furor del Caribe supersticioso, cálido, y lleno de símbolos y escenarios, esta novela, de gran fluidez, color y sonido, empieza en una tierra ajena a nosotros, a pesar de la Hermandad de Las Antillas: Puerto Príncipe. Es ésta la bujía de un relato visto en los ojos de José Simón Falú, hombre de mundo, gallero innato, amante, y náufrago. Su llegada en el fondo raído de un cajón de bacalao, hace la ronda a una veintena de personajes, cada uno con un idioma y una convergencia común: Un Barrio de Santurce, en los años sesenta. Villa Palmeras recorre sus alegrías y nostalgias, sin abandonar su esencia rural y las costumbres que cimentan su identidad. Cada personaje refleja una psicología profunda, envuelta entre la complejidad, el entorno, y el lenguaje de la vida. Desde allí todos somos uno, o todo. Esta novela, ambiciosa en su vuelo, también mampara matices sexuales, familiares y políticos, y desde luego, los religiosos. He aquí que El Caribe adquiere su nombre de novela, El Caribe se adueña de su cauce y rumbo, El caribe sueña y llora, El Caribe tiene hogar.
Su vocabulario extenso, depurado, noble y vertiginoso cautiva al lector desde el primer momento de lectura. Sin olvidarnos de las imágenes palpitantes, candorosas y llenas de colorido. Si queremos una fotografía fiel y exacta de litoral caribeño, más allá del testimonio de Nicolás Guillén o Luis Palés Matos, ésta novela hace paradigma de ello.
Daniel Martes Pedraza, persigue entonces el oficio del escritor, con fuerza y acierto: descubrir, provocar, enseñarnos el pálpito del hombre, su mundo, su amor, su rebeldía, su caos, su realización. Esta desnudez del mundo conquistado y propio, no nos abandona, por el contrario, nos hace reflexionar, nos alecciona, nos recrea. Como es nuestra costumbre, no vamos a revelar el desenlace y rumbo de esta novela. Sólo podemos decir que el lector se iniciará en un recorrido por estancia, clima y sombra de una novela, deliciosamente escrita y firme en su propósito: Detonar un Caribe con nombre firme de novela, visionario y con luz de leyenda. En Horabuena para Daniel Martes Pedraza.
Otra reseña...
Por: Nydia Chéverez Rodríguez
Acá abajo vive gente de Daniel Martes Pedraza, 2008
En esta novela, Daniel Martes Pedraza hace una construcción a retazos de la lucha cotidiana de un puñado de campesinos de fines de los cincuenta que migran a un barrio de la capital. Los mueve el convencimiento infundado de que sólo la ciudad puede proveerles los medios para salir de la miseria y la ignorancia. Una ágil narración que va creciendo en intensidad nos permite conocerlos de primera mano, como si fueran nuestros vecinos. En fin, que las penurias, ambiciones, frustraciones y problemas existenciales de una veintena de personajes se traducen magistralmente en una telaraña de emociones, pasiones, e incluso desviaciones, harto conocidas en esta tribu boricua a la que pertenecemos. Desde el inicio, reconocemos conductas desviadas que, tal vez por lo repetitivas que suelen ser o por la morbosidad que nos caracteriza como nación oprimida, lejos de asombrarnos o provocarnos indignación, toleramos, validamos como algo cultural y hasta celebramos, amparándonos en nuestra particular religiosidad en eterna simbiosis con la superstición. Somos testigos de la complicidad del silencio o el “ése no es mi problema”, tan característico de nuestra cultura y que se convierte en el apoyo solapado a las relaciones incestuosas, una conducta enfermiza que invariablemente lacera el amor propio y lleva a la indefensión. Tales traumas son encarnados por el complejo personaje de Aurora Falú, uno de los más fascinantes en esta novela. A través de éste, Daniel Martes Pedraza nos muestra con maestría los casi infinitos límites que la falta de sanidad mental esconde bajo la cotidiana funcionalidad de una persona. Una de ésas que todos alguna vez hemos conocido, muy capaces de camuflar la locura a través de su entrega al servicio y amor al prójimo. Pero si de un lado tenemos a Aurora Falú, disipando su trauma mediante el ejercicio sublime del magisterio, del otro está el reverendo Confesor Falú, quien perpetúa su abuso valiéndose de la autoridad que le confiere el privilegio de ser pastor, es decir, ambos bajo uno de los muchos disfraces que encubre este tipo de desorden.
La exaltación que el pueblo hace de un gallo hasta convertirlo en héroe, (como hace ahora con los boxeadores), nos brinda la oportunidad de encariñarnos con personajes bien logrados como Hilario y Sergio, ambos dedicados en cuerpo y alma a ese afán. Una pasión similar caracteriza al licenciado Radamés Tejeras, quien además es político y prototipo del leguleyo listo, capaz de todo con tal de lograr sus ambiciones. Éste, sin embargo, al final nos despierta esa lástima agridulce que merecen las personas cuya armadura de malvados no es sino el escudo que se han provisto contra la amargura y el rencor del abandono. Las luchas que generan los que no ven con buenos ojos la afición del pueblo por los gallos, nos llevan a conocer y simpatizar con personajes como padre Préxedes y padre Juancho, mientras que nos provoca antipatía el oportunismo del espiritista que se transforma en pastor: mano Mon.
En la lucha que se suscita entre ministros, sacerdotes y políticos por arrimar a sus huestes la mayor cantidad posible de feligreses o adeptos, todas las estrategias son válidas, sean éstas legítimas o no. Se vale sobornar y llevarse por delante a quien sea, se valen las consabidas alianzas entre políticos y religiosos, torcerse brazos los unos a los otros y toda la maraña de trampas, engaños y venta de favores que se consideren pertinentes. Este variado menú, por supuesto, no podía dejar afuera al oficio más viejo del mundo, la consabida prostitución y, por consiguiente, el proxenetismo. Resalta el hecho, sin embargo, de que en esta novela el tema de la prostitución no se queda en una exploración del trillado intercambio de dólares por favores sexuales, sino que se manifiesta en toda su amplitud, sin excluir su efecto en las ideologías y valores de los partícipes directos e indirectos de la práctica.
Es importante señalar que el alto nivel de desarrollo de los personajes femeninos de este libro consagra la presencia de la mujer en la sociedad moderna. Personajes como Eulalia, Rufina y Ángela, saltan los parámetros tradicionales, con tal de sobreponerse a la adversidad. Son personajes dotados de una gran energía sexual, capaces de explorar alternativas fuera de lo tradicional y disfrutar de su sexualidad sin culpas ni miedos a los convencionalismos o juicios morales. Pero las tres son, sobre todo, valientes, luchadoras y creativas, todas cualidades consuetudinarias en la mujer de todas las épocas. Por otro lado, la Santa Madre, con una misión de salvar almas igual a la de padre Préxedes, padre Juancho y mano Mon, se destaca sobre ellos por su particular forma de atraer pecadores a su congregación.
En fin, que este puñado de personajes que sentimos tan cerca a medida que nos adentramos en esta novela constituye un microcosmos que recordamos con nostalgia los que somos hijos de la pobreza y el afán de superación. Nos identificamos con ellos porque hemos conocido esa hermandad característica de nuestra gente de barrio, gente para la cual la palabra solidaridad tiene un significado verdadero. Tal vez por eso disfruté tanto de esta novela. Debe ser que me recuerda que, con todo lo jodida que está esta nación, todavía habemos puertorriqueños auténticos, de ésos que, para que se nos tome en cuenta, muchas veces nos vemos forzados a gritar: ¡hey, Acá abajo vive gente!